INSURGENCIA GLOBAL proletari

No se trata de qué lado se vive “mejor”, sino de qué lado está el deber.

LA CRISIS CIVILIZATORIA CAPITALISTA Y EL “COMPLEJO DE INFERIORIDAD”

 

El incendio de la crisis del 2008 no se apaga. El fuego se extiende. El planeta cruje. No se trata de una crisis periódica más (financiera, industrial, inmobiliaria, de sobreproducción de capitales, de subconsumo popular, inflacionaria, comercial, medioambiental y de cambio climático, demográfica, migratoria, etc.). Vivimos una crisis civilizatoria de la sociedad capitalista en su conjunto. Cada vez se vuelven más urgentes las explicaciones totalizantes sobre nuestro presente y nuestro futuro (es por eso que necesitamos un balance sobre nuestro pasado). Sin memoria del pasado jamás habrá esperanza de futuro.

A partir de la crisis feroz del 2008 y la repentina reconversión de los hasta hace poco tiempo profetas del libre comercio y el “regionalismo abierto” transformados en “proteccionistas” y “guerreros comerciales” (EEUU, Alemania, China, etc.), a los que se suman las invasiones, bombardeos, bloqueos económicos e intervenciones políticos-militares imperialistas (tanto del Pentágono como de la OTAN en su conjunto) durante las últimas dos décadas, cualquier análisis marxista serio del presente ya no puede seguir repitiendo las consignas oportunistas y blandengues post-Muro de Berlín. 

Necesitamos retomar la iniciativa. En los proyectos políticos y también en los debates de la teoría, donde las izquierdas y el marxismo han venido asumiendo posiciones vergonzantes, tímidas, pusilánimes, como si tuviéramos un “complejo de inferioridad” frente a las diversas modas de la Feria de las vanidades ideológicas que nos ofrece el “Mercado de las «alternativas»”. 

De ese “complejo de inferioridad” (post derrota del 68 europeo, auge del eurocomunismo, reforzado más tarde con la Perestroika y la caída del muro de Berlín) se derivan no pocos desarmes actuales, “aggiornamientos”, capitulaciones ideológicas, abandono de posiciones revolucionarias y, más simplemente, renuncia lisa y llana a intentar cambiar el mundo.

Seamos claros y dejemos de lado cualquier eufemismo. Si hace falta recurrir al bisturí, pues vayamos de una vez al quirófano. 

Es completamente falso lo pregonado por Negri & Hardt hace 20 años en su triste y promocionado best seller: Imperio. No es verdad que se acabaron el imperialismo, las guerras, las dependencias y las opresiones nacionales. El sistema capitalista internacional de nuestro presente conforma un imperialismo global lanzado sin escrúpulo alguno a una recolonización del mundo. Nuestro enemigo estratégico es el imperialismo mundial, neocolonialista, racista, xenófobo, con fuertes tendencias hacia una coordinación fascista a escala internacional. No todos los estados-naciones son equivalentes o simétricos, pues el sistema capitalista mundial jamás se desarrolló ni se desarrolla de forma plana ni homogénea. Y dentro de cada estado-nación, a su vez, existe un colonialismo interno, como hace ya mucho tiempo lo plantearon los comunistas de Sudáfrica y Estados Unidos, luego lo retomó el sociólogo estadounidense (gran amigo de la revolución cubana) C.Wright Mills, más tarde lo desarrollaron y sistematizaron en México Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen. Hay que ser muy ignorantes, arrogantes y petulantes, para desconocer todo ese conocimiento social acumulado… y decretar, con cara de feliz cumpleaños, “el fin de todos los colonialismos”.

El antiimperialismo y el anticolonialismo están a la orden del día, hoy más que nunca, a pesar de los malabarismos seudolibertarios de Slavoj Žižek o las simplificaciones deshistorizadas de John Holloway. El estado-nación sigue jugando un rol central en tiempos globalizados: es el comando centralizado del dominio del capital sobre la fuerza de trabajo, de las naciones opresoras sobre las comunidades y naciones oprimidas. Y si hay muchos imperialismos, el estadounidense es, claramente, la nave madre del neocolonialismo imperialista global de nuestra época. Los imperialismos europeos occidentales son satélites suyos, no menos agresivos, no menos explotadores, no menos racistas, pero subordinados al fin de cuentas. 

La dominación colonialista y de “supremacía blanca” [white supremacy] practicada por el estado de Israel (apoyado y sostenido en forma absoluta e incondicional por Estados Unidos) sobre el pueblo colonizado de Palestina no pertenece al siglo XVIII (siglo 18)… Es algo absolutamente actual, aunque la literatura a la moda de las academias francesas y norteamericanas —como los “estudios poscoloniales” que no descubren un nuevo objeto de investigación sino que se suman bastante tardíamente a una problemática extensamente explorada y estudiada por Marx y su descendencia— decreten el fin del colonialismo como algo ya finiquitado en la historia, perteneciente a un pasado remoto y a una estantería de museo. ¿Y qué no se podría agregar de los conflictos internos al estado español, con un gobierno central que amenaza con meter en prisión a todas y todos los que se niegan a obedecer y subordinarse a la herencia estatal-institucional del generalísimo Francisco Franco (incluida su bandera y su vetusta monarquía)?

Tampoco es certera ni válida la ensalada “posmarxista” (mezcla socialdemócrata de mayonesa y dulce de leche, deconstruccionismo francés, juegos de lenguaje del último Ludwig Wittgenstein y una caricatura infantiloide del comunista revolucionario Antonio Gramsci, convertido en una tierna y encantadora Madre Teresa de Calcuta), pregonada por el afamado Ernesto Laclau. No es cierto ni verdadero que cualquier construcción política simplemente deba articular “hegemónicamente” (¡vaya uno a saber lo que para este caballero significa “hegemonía”… está claro que entiende el concepto de forma muchísimo más cercana a Benedetto Croce que al Gramsci que lo critica duramente en sus Cuadernos de la cárcel) metiendo en una bolsa elástica demandas heterogéneas sobre una cadena de significantes vacíos, pasibles de ser rellenados por el Che Guevara o Matteo Salvini, por Fidel Castro o por Jean-Marie Le Pen y su hija Marine, por Mao Tse Tung o Donald Trump, por Evo Morales y Hugo Chávez o por Macri y Bolsonaro. No, entre la política revolucionaria y la contrainsurgencia existe una neta y definida línea de demarcación antagónica y contradictoria. No sólo en sus valores y en su cultura. También en la forma de construir un proyecto político. En la lucha de clases y en la política no todo es lo mismo ni todo es intercambiable bajo el paraguas omniabarcador de la etiqueta “populismo”, a pesar del lúcido y mordaz tango “Cambalache” del inolvidable Enrique Santos Discépolo. 

Y si de balance crítico y beneficio de inventario se trata, pasando revista a modas y lugares comunes oxidados o apolillados, ya es hora de poner en discusión la dicotomía convencional —asumida como axioma sagrado, incuestionable y autoevidente— que se ha construido a partir de una dudosa ecuación, en la cual en un polo se ubicaría, (1) un supuesto “marxismo occidental” refinado, sutil, erudito y “civilizado”; y en el otro polo de la ecuación, se incluirían (2) toda una variedad de marxismos rudimentarios, toscos, groseros, bestiales y brutales, poco informados, base de sustentación de proyectos jacobinos, insurgentes y violentos, salvajes, en última instancia “bárbaros” y “totalitarios”: el marxismo oriental, el marxismo tercermundista, el marxismo bolchevique-soviético, el marxismo chino, el marxismo latinoamericano, africano y asiático, etc. 

Esta falsa y artificial antinomia comenzó a ser formulada, en el clima macartista de la guerra fría y dentro de las acogedoras academias francesas y anglosajonas, por Maurice Merleau-Ponty en 1955, luego la retomó Herbert Marcuse en 1958, más tarde la volvió a reciclar Erich Fromm en 1961 y de algún modo, aunque con matices ya un poco más críticos, fue sistematizada por Perry Anderson en 1976. En todos los casos, a pesar de la erudición de estos autores, se incluía o se expurgaba de ese “marxismo occidental” a diversas opciones políticas y teóricas con un criterio completamente arbitrario y caprichoso (por ejemplo en todo el libro famoso de Perry Anderson no se menciona ni siquiera en una miserable nota al pie un solo pensador marxista ni una sola militante o escritora revolucionaria de América latina…¡nadie! ¡no existimos!) y además, esto es lo más cuestionable, se dejaba sentir un tono inconscientemente apologético del Occidente capitalista, pretendido reservorio de las libertades individuales y la Alta Cultura de los que resultaban ajenos todos los demás marxismos. Aunque en el año 2001, hace casi dos décadas, intentamos criticar este euro-occidentalismo galopante en un libro sobre Marx y El Capital escrito y publicado tanto en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo de Argentina como en Cuba (recientemente traducido al catalán y publicado en Barcelona), ha sido el comunista italiano Doménico Losurdo —lamentablemente fallecido en 2018— quien ha logrado construir un cuestionamiento mucho más sistemático y abarcador en su reciente libro: El marxismo occidental [2017].

Si se trata de repensar la tradición revolucionaria a cien años de la Internacional Comunista, como mínimo, para comenzar, deberíamos ir dejando de lado toda esa serie de diversas capas geológicas de modas, best sellers y lugares comunes que se fueron acumulando, no para allanarnos el camino sino más bien para obstruirlo. Recordemos: las modas son efímeras y pasan, Karl Marx permanece y queda.

 

LA CONTRAINSURGENCIA DEL NEOFASCISMO CONTEMPORÁNEO 

 

Modas al margen, estamos viviendo una fase del imperialismo, en la cual se combinan las revoluciones tecnológicas del capitalismo tardío (que estudió Ernest Mandel); los cinco monopolios mundiales, que explicó Samir Amin [(a) tecnológico, (b) de los mercados financieros, (c) de los recursos naturales del planeta, (e) de los medios de comunicación y (f) de las armas de destrucción masiva] y la reconquista planetaria por desposesión (sobre la que nos alertó David Harvey). A partir de esa combinatoria monstruosa, la contrainsurgencia (efectiva o preventiva, según el nivel de la lucha de clases y las relaciones de fuerza en cada sociedad particular) se ha convertido en una estrategia de dominación global. Desde lo económico, lo político-militar hasta el plano de la informática y las comunicaciones. Ya nadie, aunque pretenda acatar a rajatablas “las reglas del juego institucional”, puede quedar a salvo. En eso coinciden desde un teórico académico como Noam Chomsky hasta “técnicos” operativos como Eduard Snowden y Julian Assenge. 

Las libertades individuales (“libertad negativa”, según los teóricos liberales) y el ámbito recóndito de la privacidad de las personas se evaporaron entre la multiplicación de cámaras infinitas y las comunicaciones actuales, monitoreadas y hackeadas sistemáticamente. La novela distópica 1984 de Orwell, que pretendía cuestionar al comunismo… ¡es la gran denuncia del totalitarismo capitalista contemporáneo!

Fenómenos hasta ayer anecdóticos y extravagantes como los skinhead, el bizarro Le Pen o las sectas neonazis, hoy han pasado a jugar en un nivel superior de ligas mayores. Han dejado de ser “curiosidades” excéntricas y modas estéticas para convertirse en políticas de Estado, acompañadas y legitimadas por una renovada teología sacerdotal de la dominación (enfrentada con furia a la teología de la liberación). Y no en “un oscuro rincón del mundo”, bárbaro, lejano e inculto, sino en los centros “civilizados” donde se cocina lo más rancio de la política cotidiana del imperialismo mundial. Desde la Casa Blanca (salpicada de sangre en todas sus paredes, aunque la pinten periódicamente) hasta el Parlamento europeo. 

La cultura del racismo y la xenofobia van de la mano con el culto de la crueldad gratuita repetida en las series de la TV (¡incluso en los juegos infantiles!) hasta el hartazgo para acostumbrarnos a la decapitación, al despedazamiento de cuerpos y sobre todo… a la tortura como si fuera algo “normal”, cosa de todos los días. ¡No lo es! Esa es, precisamente, la cultura del fascismo y el nazismo. Las industrias del “entretenimiento” son menos inocentes de lo que nos imaginamos. Actúan ya desde la niñez para acostumbrarnos a los valores fascistas: xenófobos, misóginos, racistas y de una crueldad infinita.

 

 

LAS ALTERNATIVAS: INTEGRADOS, TOLERADAS E «IRRECUPERABLES»

 

Las resistencias y alternativas frente al capitalismo, el imperialismo, el fascismo y todo el arco de dominaciones contemporáneas son múltiples y diversas. Están a la vista. Cada vez más variadas, fragmentarias y dispersas. Algunas incluso son toleradas y alentadas por los poderosos del planeta. Salen, como “nota de entretenimiento”, en las revistas de moda que se apilan en las peluquerías o en la sala de espera del dentista. Otras, en cambio, constituyen un enemigo estratégico a ser vigilado, controlado, infiltrado, dividido, neutralizado, finalmente: aniquilado.

 

a) Ecologistas

b) Feministas

c) Veganos

d) Comunidades LGTBI 

e) Movimientos por la desmanicomialización

f) Multitudes “indignadas” que ocupan Wall Street o el centro de Madrid

g) Organizaciones sindicales

h) Organizaciones revolucionarias

i) Muchos “etcéteras”…

 

Digan lo que digan las modas de las vidrieras del shopping ideológico y los “superadores de Marx” más elegantes y chic (que brillan cinco minutos en la TV del momento para luego desaparecer abruptamente de escena), no todas las perspectivas de protesta y «contestation» tienen la misma capacidad de organización, movilización ni la misma nitidez ideológica para convocar y unir en un mismo planteo estratégico y a escala internacional los enojos populares, las rebeldías antisistémicas y las disidencias organizadas contra “el nuevo orden mundial”, cada día más caótico, cruel y despiadado. Las banderas de las masas oprimidas y los movimientos sociales a escala planetaria tienen los colores más diversos, desde el verde ecologista y el violeta feminista hasta el emblema multicolor LGTBI, entre muchísimas otras expresiones de la palestra rebelde. 

Pero de todos los colores y matices, sumamente variados y coexistentes, creemos que el horizonte rojo del marxismo sigue siendo la perspectiva teórico-política y cultural más abarcadora, inclusiva e integradora y la que permite articular y unir estratégicamente todas las demás rebeldías a escala mundial, que por sí solas, se vuelven inofensivas —incluso “llamativas” y hasta… ¿por qué no?... simpáticas— pero que no molestan a nadie que tenga mucho dinero y capacidad de ejercer el poder. El marxismo revolucionario, por el contrario, sigue siendo “irrecuperable” para el sistema. Por eso es perseguido, vigilado, castigado y silenciado. 

Las vertientes socialdemócratas que viven desfilando por la TV como estrellas de la farándula juegan el rol de lo que en tiempos de Lenin se conocía como “el marxismo legal”, una caricatura tolerada por la dictadura zarista por no ser peligrosa en lo más mínimo. Mientras a las “disidencias potables” y “civilizadas” (fragmentarias y reducidas cada una a su propio gueto) se las invita a dialogar en la TV y los parlamentos, al marxismo revolucionario se lo encarcela, se lo tortura, se lo acusa invariablemente de “narco-terrorista” (¿¿??) y hasta se lo incluye en una lista de ENEMIGOS ESTRATÉGICOS a escala internacional. Por allí desfilan las “alertas rojas” de INTERPOL como si fueran tarjetas de expulsión —del universo políticamente correcto— manejadas por un árbitro de futbol. Lo cual demuestra que, de todos los colores, el horizonte del marxismo revolucionario sigue siendo el más peligroso para la dominación capitalista del imperialismo.

Ese horizonte rojo posee un acervo, una herencia y una historia —muchas veces desconocidas, ninguneadas, aplastadas—, desde Karl Marx hasta el año 2019 [nuestro presente], que hoy resulta imprescindible repensar, conocer, estudiar y volver a poner en el centro de la agenda política multicolor a cien años de la Internacional Comunista. Si de lo que se trata es de intentar retomar el camino perdido, luego de décadas de predominio eurocomunista, “posmarxista”, posmoderno y socialdemócrata. 

Para hacerlo, una tarea pendiente debe incluir necesariamente una reflexión sobre todo el siglo XX, dejando a un lado las miradas euro-occidentalistas, que focalizan exclusivamente su interés en las dos guerras mundiales y el “Estado de bienestar” posterior hasta la caída del muro de Berlín, pero —sin justificación alguna—  dejan en un zona de penumbra las innumerables guerras de conquistas neocoloniales que se produjeron antes, durante y después de las guerras mundiales, el neocolonialismo, el apartheid, las incontables insurgencias (dentro y  sobre todo fuera de Europa occidental), que descentran las cronologías habituales. 

Hoy está claro que el racismo etnocéntrico no comenzó con Hitler. El führer austríaco y moreno con aspiraciones a rubio y alemán, cabeza del feroz genocidio nazi, era un gran admirador del libro El judío internacional [1920] de… Henry Ford, símbolo y emblema en Estados Unidos del promocionado “american way of life”. La ideología pestilente de la supuesta supremacía blanca ni comenzó en 1933 ni se acabó con el triunfo del Ejército Rojo ingresando a Berlín en 1945, demoliendo las defensas “inexpugnables” nazis. 

En los Estados Unidos de Norteamérica, antes, durante y después del nazismo alemán, la población negra era considerada “subhumana”. Por eso no podían votar, ir a la misma escuela que un blanco, tener vínculos matrimoniales interraciales e incluso una mujer negra debía ceder su asiento en el autobús, todavía en la década de 1960, a un “señor blanco”. En Sudáfrica ese mismo tipo de etnocentrismo terrorista perduró hasta la victoria de las tropas comunistas cubanas y angolanas en la batalla de Cuito Cuanavale [1987-1988]. En Palestina, todavía hoy [2019], el pueblo palestino es sometido y colonizado en nombre de una pretendida “pureza racial” (que ofende a millones de judíos anti sionistas a nivel mundial, incluyendo al autor de este texto). 

El euro-occidentalismo pretende suprimir por decreto las prácticas racistas del siglo XX con la derrota de Hitler, desconociendo que en todas las sociedades coloniales, periféricas y dependientes, las grandes potencias europeas y norteamericanas “civilizadas” continúan hasta el día de hoy tratando como “subhumanos” a los pueblos del Tercer Mundo (también conocidos como del Sur Global). En el siglo XX —ya es hora de decirlo bien fuerte y sin ningún complejo de inferioridad— fueron las revoluciones anticolonialistas encabezadas por partidos comunistas y otras fuerzas marxistas revolucionarias las que pusieron fin al racismo. Antes, durante y después del nazismo alemán.

Y si al cumplirse un siglo de la fundación de la Internacional Comunista todo el siglo XX debe ser reexaminado desde una óptica no eurocéntrica, también la propia historia del movimiento revolucionario y de la teoría marxista debe ser repensada desde el mismo ángulo.

 

HIPÓTESIS A CONTRACORRIENTE PARA UN BALANCE DEL MARXISMO

 

(a) En la teoría y en las posiciones políticas de Karl Marx se produce un cambio de paradigma que no divide su obra entre un “Marx joven, humanista y hegeliano” y un “Marx anciano, economista y científico” (dicotomía artificial que popularizó la antigua escuela francesa de Louis Althusser, de enorme influencia eurocomunista [de allí nacen PODEMOS y varias otros “posmarxismos” reformistas actuales], aunque al final de su vida, en el libro-entrevista Filosofía y marxismo Althusser renegó de ella), sino que ese cambio de paradigma, desarrollado en el “núcleo duro” del programa de Marx, gira en torno al problema nacional-colonial. 

Su nuevo paradigma de la concepción materialista (multilineal) de la historia y de la sociedad, crítico del euro-occidentalismo, comienza con sus estudios del comercio exterior de Inglaterra, de donde deriva su hipótesis y conceptualización del “modo asiático de producción” [empleada por Marx para referirse a la India y China en su correspondencia a partir de junio de 1853 y desarrollada en los Grundrisse de 1857-1858] que trastoca, modifica y amplía su juvenil concepción de la historia universal. Más tarde continúa con el lugar teórico central que Marx le otorga al genocidio de los pueblos originarios producido por la feroz conquista europea de América y la esclavización de África (con su infame tráfico de “pieles negras”) en la exposición de la acumulación originaria del capítulo 24 del primer tomo de El Capital [primera edición de 1867]. Sin conquista de América… no existiría el sistema capitalista mundial, afirma Marx. Así de sencillo y contundente. Dos años después, en 1869, se profundiza con la inversión de la ecuación entre metrópoli y colonia que se produce en la reflexión de Marx en torno al vínculo entre la colonia de Irlanda y el proletariado inglés, así como en la encendida defensa que Marx realiza de la independencia nacional de Polonia en el seno de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT, Primera Internacional). 

Es la misma década en la que Marx defiende, sin ambigüedades, la lucha anticolonialista de Benito Juárez en México contra las invasiones europeas de Inglaterra, Francia y España y, analizando la guerra civil norteamericana, se explaya y cuestiona en abundantes materiales, artículos, correspondencia y escritos el nexo íntimo entre explotación de clase y racismo. Aquella mentada “supremacía blanca” [white supremacy], hoy defendida por el presidente de Estados Unidos, altivo y desafiante heredero del Ku Klux Klan (KKK), y varios mandatarios europeos occidentales, nietos y nietas vergonzantes del conde de Gobineau y de Alfred Rosenberg, quienes pretenden mantener la pureza racial de la “civilización” frente a las sucesivas oleadas de fuerza de trabajo inmigrante y pieles oscuras provenientes de sociedades oprimidas y dependientes, sea de África, sea de América Latina, incluso de “rubios impuros” de Europa oriental. 

Finalmente, la modificación del “núcleo duro” del programa-proyecto marxiano se prolonga en las correcciones que Marx incorpora a la edición francesa de El Capital (donde restringe las regularidades de la apropiación privada capitalista de la tierra exclusivamente a Europa Occidental, dejando abierta las interrogaciones para las sociedades no europeas); se condensa en su correspondencia con los populistas rusos del periódico Anales de la patria [1877] donde critica las “filosofías universales de la historia” de factura occidentalistas, llegando a su cenit con la redacción de su Cuaderno Kovalevsky [1879], su correspondencia con los populistas rusos, radicales y clandestinos, así como con Vera Zasulich [1881], sus Apuntes etnológicos [1880-1882] y, finalmente, su correspondencia anticolonialista —prácticamente desconocida, incluso por sus biografías más exhaustivas— enviada a Engels y a su familia desde su estadía africana en Argelia [1882]. Todos materiales centrados en el Tercer Mundo (Asia, África y Nuestra América, siempre desde una perspectiva agudamente crítica del colonialismo euro-occidentalista).

 

(b) Este Marx “maduro” y “tardío” ha sido habitualmente desconocido, ninguneado y escasamente transitado, tanto por críticos y adversarios posmodernos, poscoloniales y posmarxistas, como por apologistas y vulgarizadores de su obra (aquellos que, con no poca arbitrariedad, pereza mental y un dudoso criterio de selección, restringieron sus escritos a las célebres Obras escogidas). Durante este período “tardío”, el más productivo de su labor intelectual, emerge una crítica aguda, lúcida, dialéctica y encendida, tanto de la modernidad euro-occidental como de las prácticas genocidas del colonialismo europeo, el racismo norteamericano anglosajón y la pretendida “supremacía blanca” a escala mundial.

 

(c) En los debates marxistas y socialistas (posteriores a Marx), en torno a la cultura nacional y la autodeterminación de las naciones y pueblos periféricos, coloniales y dependientes que se abren en 1907 con las tesis del austromarxista Otto Bauer sobre “la cuestión de las nacionalidades”, continúan luego con las polémicas de 1907-1911 en torno al “socialismo” abiertamente colonialista del alemán Eduard Bernstein, el holandés Hendrikus Hubertus (Henri) Van Kol, el belga Emile Vandervelde y otros reformistas menores (Terwagne, Rouanet, etc.), se prolongan más tarde en las discusiones de 1913-1914 entre Rosa Luxemburg y Lenin sobre la autodeterminación de las naciones (donde Lenin también debate con sus compañeros del Bund judío marxista a los que termina convenciendo de que ingresen al bolchevismo) y que se cierra provisoriamente en diciembre de 1922 con el Textamento político de Lenin [dictado a sus secretarias], es precisamente este último quien recupera y sistematiza con mayor rigor, profundidad y radicalidad el anticolonialismo del “Marx desconocido”, elaborando un programa internacionalista extendido —a través, precisamente, de la Internacional Comunista— para todo el mundo, especialmente para el periférico, colonial y dependiente. Es decir, para la mayoría de nuestro planeta y de la población mundial.

 

(d) En el seno del mundo político y cultural bolchevique y también dentro de la Internacional Comunista (fundada en 1919) el más original y radical partidario de esta sistematización formulada por Lenin es probablemente Sultan Galiev —otro desconocido de la historia—, quien promueve la creación de una Internacional Comunista de los pueblos coloniales, proponiendo un cambio de estrategia mundial del marxismo revolucionario para dejar de esperar al eternamente postergado “mesías” occidental (creencia común a quienes atribuían centralidad absoluta a la “civilización” blanca de Europa occidental frente a las supuestas “barbaries” periféricas) y apostar todas las energías bolcheviques a las rebeliones de los pueblos coloniales y periféricos, como había hecho Marx con Irlanda, China, India, Argelia e incluso con el México de Benito Juárez frente a las dominaciones coloniales europeas, así como también lo había formulado Lenin en defensa del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas por grandes potencias imperialistas. 

Las perspectivas tercermundistas propuestas por Sultan Galiev (en polémica con Stalin quien primero lo expulsa del partido, luego lo encarcela y finalmente —ya muerto Lenin— lo manda a ejecutar), apoyadas por Lenin en el seno de la Internacional Comunista, desde inicios de los años 1920, dejarán su huella en Ho Chi Minh (Vietnam) y Ahmed Ben Bella (Argelia), dos “discípulos” de Sultan Galiev. Simplemente a título de ilustración, recordemos que el especialista egipcio, de militancia comunista, Anouar Abdel-Malek, en su libro La dialéctica social [París, 1972] identificó y caracterizó la estrategia tercermundista de Ho Chi Minh y del Che Guevara de los años 1960 en adelante como un sucedáneo derivado de la perspectiva abierta por Mirsaid Sultan Galiev [Mirsäyet Soltanğäliev] en los años 1920, dentro de la Internacional Comunista.

 

(e) La teoría marxista de la dependencia, inspirada en la teoría del imperialismo de Lenin y nacida cuatro décadas después de su muerte, al calor de la revolución cubana y en polémica con el manifiesto anticomunista de W.W.Rostow (asesor de la Casa Blanca de EEUU) y la CEPAL (Comisión Económica para América Latina), prolonga a partir de reflexiones propias de Nuestra América (América indo-latina-afrodescendiente) esta extensa sedimentación previa de los marxismos periféricos, ahora en las sociedades y culturas latinoamericanas. Particularmente a partir de las obras de Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra y Orlando Caputo (todos y todas militantes marxistas, además de teóricos y teóricas). La teoría marxista de la dependencia sistematiza los planteos de Ernesto Che Guevara defendidos por él, a nombre de Cuba, en la Conferencia Económica de Punta del Este, la Segunda Declaración de La Habana y varios otros núcleos político-teóricos-programáticos de las insurgencias latinoamericanas.

 

(f) En el espacio cronológico que media entre las heterodoxias bolcheviques de los años ’20 y la emergencia de la revolución cubana en los ‘60, más allá de Occidente, los principales marxismos asiáticos, nítidamente tercermundistas, despliegan el renacimiento del movimiento de liberación anticolonial a escala mundial y se constituyen al calor de la independencia de Vietnam (en lucha victoriosa contra la dominación de las grandes potencias japonesa, francesa y más tarde, norteamericana) y la revolución china (en confrontación contra las invasiones japonesas). Algunos de sus principales exponentes teóricos serán Ho Chi Minh (alumno de Sultan Galiev), Võ Nguyên Giáp y Mao Tse Tung.

 

(g) A partir de la segunda posguerra, dentro de África y del Caribe francófono y anglófono emerge, desde una raíz propia, un marxismo anticolonialista que discute con la cultura de la metrópoli colonial, apropiándose principalmente de su cultura marxista, resignificándola desde el Tercer Mundo. Tal es el caso de Aimé Césaire, Frantz Fanon, Patrice Émery Lumumba, Kwame Nkrumah [Francis Nwia Nkrumah], Léopold Sedar Senghor, Amílcar Lopes da Costa Cabral, António Agostinho Neto, Thomas Sankara [Thomas Isidore Noël Sankara], Nelson Rolihlahla Mandela [“Madiba”], entre muchísimos otros y otras. Muchas de sus luchas e insurgencias político-militares, nacidas también a partir del renacimiento del movimiento radical de liberación anticolonial a escala mundial, influyeron directamente en Europa occidental y en la caída de las dictaduras militares fascistas (como es el caso de Portugal en 1974). 

Sus aportaciones girarán en torno a la defensa de las negritudes, el programa de liberación nacional-anticolonial y el “socialismo africano”, con notable influencia en las Panteras negras, la comunidad afrodescendiente y el comunismo estadounidense, donde se destacan Ángela Ivonne Davis, Malcolm X [El-Hajj Malik El-Shabazz], Huey P. Newton, Eldridge Cleaver, Bobby Seale y Stokely Carmichael, entre muchísimos otros y otras fuerzas y personalidades revolucionarias. El marxismo militante y anticolonialista une a los pensadores caribeños como Fanon, los guerrilleros y guerrilleras africanas y la rebelión negra norteamericana. La victoria cubana-angolana de las tropas comunistas internacionalistas sobre los neonazis sudafricanos (de origen británico y holandés, apoyados por los “civilizados” EEUU, Inglaterra, Bélgica, Holanda e Israel) pone fin al bochornoso apartheid, práctica neocolonial de racismo extremo y  pretensiones de “supremacía blanca” que perdura… hasta fines del siglo XX, todavía medio siglo después de la derrota de Hitler ante la ofensiva imparable del Ejército Rojo.

Entonces, desde el Marx “maduro” y “tardío” en adelante, pasando por los marxismos revolucionarios y periféricos posteriores (donde se inscriben desde las heterodoxias de los marxistas bolcheviques de la Internacional Comunista de la década de 1920, los teóricos y guerrilleros anticolonialistas de “la negritud” y la “unidad africana” de los años 1950 y 1960; la revolución cubana, las insurgencias latinoamericanas y su expresión más sistematizada, la teoría marxista de la dependencia de los años 1960 y 1970), hasta las expresiones marxistas revolucionarias contemporáneas, críticas del euro-occidentalismo y el neocolonialismo imperialista, existe una problemática subyacente y una continuidad histórica, base de sustentación y subsuelo imprescindible para reconstruir una perspectiva comunista y una estrategia revolucionaria en el siglo XXI. 

 

SIETE APUNTES DE TRABAJO PARA ELABORAR COLECTIVAMENTE

UNA ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA EN EL SIGLO XXI

 

Nos guste o no, hoy en día ya nadie ejerce la función internacional de “partido guía”. Ni el antiguo partido comunista de Rusia (que lideraba el universo “prosoviético”), ni el de China (otrora a la cabeza de la constelación maoísta), ni el de Corea del norte, ni el de la antigua Albania, ni el de Grecia, ni el partido comunista de Cuba (durante décadas, faro de las insurgencias latinoamericanas e incluso con influencias directas en las Panteras Negras de EEUU) ni tampoco ninguna de las casi diez coordinadoras trotskistas que disputan entre sí el nombre de “Cuarta Internacional”. Aunque existen afinidades, simpatías, entrecruzamientos y acercamientos internacionales diversos, el comunismo mundial en sus diferentes expresiones y corrientes ya no tiene Vaticano ni Meca ideológica. Es hora, entonces, de repensar nuestra tradición colectiva de manera profana si queremos avanzar en común hacia un horizonte anticapitalista y antiimperialista.

 

(1) Tomando en cuenta que muchos debates sobre los 100 años de la Internacional Comunista se desarrollan actualmente en Europa occidental y Estados Unidos, una humilde sugerencia desde “un oscuro rincón del mundo”. Ya es hora de abandonar las pretensiones de “superioridad” de la izquierda europea (y norteamericana) que, sin aportar transformaciones sociales profundas y radicales propias, sin embargo, en no pocas ocasiones se atribuye “autoridad” para “juzgar y evaluar” a Cuba, Venezuela, Bolivia y cualquier otro proceso social que intente —con variada suerte— enfrentar al imperialismo y ensayar algún tipo de transición al socialismo o al menos a un tipo de sociedad no capitalista.

(2) La disolución organizativa de las opciones marxistas en “unidades amplias” (tentación que recorre tanto a núcleos comunistas clásicos como a algunas tendencias trotskistas) no suma, resta. Más allá de las presumiblemente buenas intenciones de quienes promueven esa estrategia, la ausencia de una clara definición revolucionaria termina diluyendo el proyecto socialista/comunista en el pegajoso pantano socialdemócrata.

(3) Nuestros enemigos históricos manejan muchas y variadas formas de lucha. Desde la república parlamentaria hasta el golpe de estado, pasando por la “revolución de colores” y el “lawfare” (la judicialización de la política). Por lo tanto, las fuerzas marxistas revolucionarias deben plantearse, igualmente, el manejar todas las formas de lucha, adaptándolas a la situación concreta de cada uno de sus respectivos países. 

(4) Sin sectarismos dogmáticos ni proclamaciones autorreferenciales, hoy se vuelve más urgente que nunca la estrategia del frente único entre diversas expresiones de lucha antiimperialista (socialistas revolucionarias, comunistas, movimientos de liberación nacional y varias otras rebeldías).

(5) Quizás haya llegado la hora de recuperar la estrategia fundacional de la Internacional Comunista, sobre todo en sus vertientes tercermundistas (apoyadas por Lenin hasta en su Testamento político y notas dictadas a sus secretarias de fines de  diciembre de 1922). Esto implica bregar por la estrecha unidad de la lucha anticapitalista en las sociedades metropolitanas y centrales junto con las diversas luchas antiimperialistas, anticoloniales y de liberación nacional en las sociedades oprimidas, periféricas, coloniales y dependientes. Hace tiempo que la mayor parte de la izquierda nor-atlántica (incluyendo a la europea occidental y a la norteamericana) falta a su cita con los movimientos rebeldes tercermundistas y del Sur Global. Quizás sea hora de revertir esa gravísima falencia estratégica (e incomprensión teórica) si se quiere enfrentar a un enemigo imperialista y a empresas capitalistas que operan a escala mundial y explotan a la fuerza de trabajo, también a escala mundial.

(6) Para los diversos componentes sociales de las formaciones económico-sociales capitalistas occidentales desarrolladas (proletariado con empleo “estable”, proletariado informal y precarizado, movimiento estudiantil, movimiento de mujeres y LGTBI, ecologistas, veganos, etc.) nunca más actual que hoy la consigna: ¡Un pueblo que oprime a otro pueblo jamás será libre! (formulada inicialmente, en 1810, en las Cortes de Cádiz, por el delegado indígena del Perú Dionisio Yupanqui; retomada luego, en 1869, por Karl Marx a la hora de defender en la Primera Internacional [AIT] la liberación nacional de Irlanda frente al colonialismo inglés y finalmente sistematizada por Lenin en su obra de 1914 El derecho de las naciones a la autodeterminación).

(7) La defensa irrestricta del derecho de todos los pueblos, sociedades y naciones oprimidas a su autodeterminación presupone un internacionalismo activo y militante. Nadie se salvará en soledad. Todo aislamiento nos debilita. Solamente podremos derrotar a nuestros enemigos históricos en común. El internacionalismo activo y militante no solamente es una obligación ética impostergable. También es la piedra de toque de cualquier proyecto político revolucionario realista, viable y posible, en el siglo XXI.

 

Buenos Aires, 16 de julio de 2019

 

Néstor Kohan

(Cátedra Che Guevara – Argentina)

 

 

 

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